dilluns, 21 de novembre del 2016

Els tres pèls del diable

Conte típic del centre d'Europa. Barreja d'històries on tot encaixa a la perfecció. Lleugeres pinzellades d'humor a l'estil mediterrani. Mostra clara que qui està predestinat a triomfar res el pot aturar... Aquests serien alguns dels trets que millor definirien el conte que avui ens ocupa: Els tres pèls del diable

En aquesta rondalla els germans Grimm aconsegueixen sintetitzar en un sol conte moltes històries que es podrien fragmentar, i totes serien igualment brillants. Aquesta història podria ser el paradigma de les contalles populars. És aquell típic conte que a tots ens sona. Trobaria molt interessant saber més de la història d'aquest conte, perquè estic gairebé segur que "beu" de tradicions comunes a molts països.

Penso que és un conte que cal explicar sense presses, havent preparat -amb anterioritat- un escenari acollidor, on el conte sigui explicat sense esforç. Amb el to de veu lleugerament baix, sense estridències. Penso també que és important que tant l'auditori com nosaltres mateixos ens trobem còmodes i deixar fruir la rondalla, seguint el seu ritme; permetre que el conte desplegui tota la seva màgia. Segur que us ho agrairan!

Los tres pelos de oro del diablo

Érase una vez una pobre mujer que dio a luz un niñito; y como éste, al venir al mundo, llegase envuelto en la piel de la buena suerte, se le predijo que al cumplir los catorce años tomaría por esposa a la hija del rey. He aquí que éste se presentó muy pronto en la aldea; pero como nadie sabía que era el rey, cuando preguntó a las gentes qué había de nuevo le respondieron:
—Hace unos días nació un niño envuelto en la piel de la buena suerte: todo cuanto emprenda una persona así le traerá ventura. También se le predijo que a los catorce años se casará con la hija del rey.
El rey. hombre de natural cruel, se irritó con la pro­fecía, se fue a ver a los padres y, fingiendo amabilidad, les dijo:
—Pobres gentes, dadme a vuestro hijo que yo lo cui­daré.
Los padres se negaron al principio pero, comoquiera que el forastero les ofreciese una gran suma de dinero a cambio y pensaran, además: «Es un niño con suerte: lo que hagamos sólo podrá traerle ventura», dieron su consentimiento al fin y le entregaron al niño.
El rey lo metió en una caja y partió con ella al galope hasta llegar a un río de aguas profundas, en ellas arrojó la caja y se dijo para sus adentros:
—He librado a mi hija de este inesperado pretendiente. Pero la caja no se hundió, sino que flotó como un barquito, ni tampoco entró en ella ni una gotita de agua. Y así fue flotando hasta llegar a unas dos millas de la capital del reino, donde se detuvo en la presa de un molino. Uno de los mozos del molino, que se encontraba allí por fortuna y que la vio, la atrajo con un gancho,  pensando que había hallado un gran tesoro; mas, al destaparla, vio echado dentro a un hermoso niño rebosante de salud. Se lo llevó al molinero y a su esposa, y como no tenían hijos, se alegraron mucho y dijeron:
—Dios nos lo ha dado.
Y criaron con todo cariño al niño abandonado, que fue haciéndose grande y dando muestras de un sinfín de virtudes.
Pues bien, en cierta ocasión el rey, queriendo protegerse de una tormenta llegó al molino y preguntó al matrimonio si aquel joven alto era su hijo.
—No —respondieron—, es un niño abandonado; hace catorce años llegó a la presa flotando en una caja y el mozo lo sacó del agua.
Entonces se dio cuenta el rey de que no podía ser sino el niño de la suerte, el que él había arrojado al agua, y dijo:
—Buenas gentes, ¿no podría llevar el joven una carta a la reina?; le daré en pago dos monedas de oro.
—Como ordene su majestad —respondieron.
Y dijeron al joven que se preparase para el camino. Entonces el rey le escribió una carta a la reina, en la que se decía:
«En cuanto se presente el muchacho con esta esquela, será muerto y enterrado; y todo ha de suceder antes de que yo regrese
El joven partió con la carta, pero se perdió por el camino y se encontró de noche en medio de un espeso bosque. En la oscuridad advirtió una lucecilla, se dirigió hacia ella y llegó a una casita. Al entrar vio a una anciana que estaba sentada sola junto al fuego. Se asustó al ver al joven y le dijo:
—¿De dónde vienes y a dónde vas?
—Vengo del molino
—respondió el joven— y voy a ver a la reina, pues he de entregarle una carta; pero como me he extraviado en el bosque, me agradaría pasar aquí la noche.
—Tú, pobre chico —dijo la mujer—, has venido a parar a una madriguera de bandidos, y si regresan te matarán.
—Que venga quien quiera
—dijo el joven—, que yo no tengo miedo; pero estoy tan cansado que no puedo andar más.
Y diciendo esto se tumbó sobre un banco y se quedó dormido. Al poco rato llegaron los bandidos y pregun­taron malhumorados qué hacía ese extraño joven ahí.
—Pobrecito —dijo la anciana—; es un niño inocente que se ha perdido en el bosque; lo recogí por compasión. Lleva una carta para la reina.
Los bandidos rasgaron el sobre y leyeron la carta, y en ella se decía que el joven sería ejecutado en cuanto llegase. Entonces, hasta aquellos implacables bandidos sintieron compasión, y el capitán rompió la carta y es­cribió otra; y en ella decía que en cuanto el joven lle­gase tendría que casarse inmediatamente con la hija del rey. Así que le dejaron dormir tranquilo en el banco hasta la mañana siguiente, y cuando despertó le dieron la carta y le enseñaron el camino por donde tenía que ir.
La reina, cuando recibió y leyó la carta, hizo lo que en ella se decía: mandó celebrar una espléndida boda y la princesa fue desposada con el niño de la suerte; y como quiera que el joven era guapo y amable, vivió feliz y satisfecha con él.
Pasado un tiempo volvió el rey a palacio y vio que la profecía se había cumplido y que el niño de la suerte se había casado con su hija.
—¿Cómo pudo pasar eso?
—dijo—; en mi carta di órdenes completamente distintas.
Entonces la reina le mostró la carta, pidiéndole que viese por sí mismo lo que en ella se decía. El rey la leyó y advirtió que había sido cambiada por otra. Le preguntó al joven lo que había ocurrido con la carta que le confiara y por qué razón había entregado otra.
—No sé nada de eso
—respondió—; ha debido suce­der cuando pasé la noche en el bosque.
—¡Así de fácil no te va a resultar! —dijo el rey, lleno de ira—. El que quiera tener a mi hija ha de traerme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Si me das lo que te pido, podrás quedarte con mi hija. Con esto esperaba el rey desembarazarse para siempre de él. Pero el niño de la suerte respondió:
—Te traeré los pelos de oro; no tengo miedo del dia­blo.
Y acto seguido se despidió y emprendió la marcha.
Andando llegó a una gran ciudad, y el centinela que estaba en la puerta le preguntó por su oficio y por lo que sabía.
—Lo sé todo —respondió el niño de la suerte. —Entonces nos harás un gran favor —repuso el cen­tinela— diciéndonos por qué se ha secado la fuente de la plaza, de la que salía normalmente vino y que ahora ni siquiera da agua.
—Lo sabréis —respondió el joven—; esperad tan sólo a que vuelva.
Siguió su camino y llegó a las puertas de otra ciudad; allí le preguntó el centinela por su oficio y por lo que sabía.
—Lo sé todo —respondió.
—Entonces nos harás un gran favor diciéndonos por qué un árbol de nuestra ciudad, que siempre daba manzanas de oro, ahora ni siquiera tiene hojas.
—Lo sabréis —respondió—; esperad tan sólo a que vuelva.
Siguió la marcha y llegó a un ancho rio,  que tenía que cruzar. El barquero le preguntó por su oficio y lo que sabía.
—Lo sé todo —respodió.
—Entonces me harás un gran favor —dijo el barque­ro— diciéndome por qué he de estar remando siempre de una orilla a la otra, sin que nadie me releve.
—Lo sabrás —respondió el joven—; espera tan sólo a que vuelva.
Al llegar a la otra orilla encontró la entrada del in­fierno. Su interior era negro y estaba tiznado de hollín; el diablo no estaba en casa, pero su ama se encontraba sentada en una amplia poltrona.
—¿Qué quieres? —le preguntó bruscamente, aun cuan­do su aspecto no era el de una persona enfadada.
—Quisiera tres pelos de oro de la cabeza del diablo —respondió el joven—; de lo contrario, no podré seguir con mi mujer.
—Mucho pides —dijo la mujer—; cuando vuelva el diablo y te encuentre aquí, mal lo vas a pasar; pero me das lástima: veré si puedo ayudarte.
Y, transformándolo en una hormiga, le dijo:
—Métete por los pliegues de mi falda; ahí estarás seguro.
—Sí —dijo el joven—, eso está muy bien, pero qui­siera saber además tres cosas: por qué una fuente, de la que antes manaba vino, se ha secado y no da ni siquiera agua; por qué a un árbol que daba manzanas de oro no le salen ahora ni hojas; y por qué un barquero ha de estar siempre remando de una orilla a la otra, sin que nadie lo releve.
—Difíciles son esas preguntas —respondió el ama—, pero quédate quieto y callado y pon cuidado a lo que dice el diablo mientras le arranco los tres pelos de oro.
Al anochecer llegó el diablo a casa. Ya al entrar advir­tió que algo raro ocurría.
—Huelo, huelo carne humana —dijo—; aquí pasa algo extraño.
Entonces miró por todos los rincones, y buscó y bus­có, pero nada pudo encontrar. El ama lo reprendió:
—Acababa precisamente de barrer y ponerlo todo en orden, y ahora me lo revuelves todo y me lo pones patas arriba. ¡Siempre has de tener la carne humana en tus narices! Siéntate y cena.
Cuando hubo comido y bebido, sintió sueño y recosté su cabeza en el regazo del ama, pidiéndole que le despio­jara un poco los cabellos. Al poco rato quedó dormido, soplando y roncando. Entonces la anciana cogió un pelo de oro, lo arrancó y lo puso a un lado.

—¡Ay! —gritó el diablo—, ¿qué haces?
—He tenido una pesadilla
—respondió el ama—, y te he tirado de los pelos.
—¿Qué has soñado?
—respondió el diablo.
—He soñado con una plaza en la que hay un pozo del que solía manar vino, y de repente se secaba y no salía de él ni siquiera agua; ¿cuál puede ser la causa?
—¡Ja, ja, si la supiesen! —respondió el diablo—; hay un sapo que se encuentra bajo una piedra, en el pozo: si lo matasen volvería a manar vino.
El ama le siguió despiojando hasta que se durmió y se puso a roncar con tal fuerza que las ventanas temblaban. Entonces le arrancó el segundo pelo.
—¡Ay!, ¿qué haces? —gritó el diablo, iracundo.
—No lo tomes a mal —respondió ella; lo he hecho en sueños.
—¿Qué has soñado ahora?
—preguntó el diablo.
—He soñado que en un reino había un frutal que siempre había dado manzanas de oro y al que ahora no le crecen ni hojas. ¿Cuál puede ser la causa?
—¡Ja, ja, si lo supiesen! —respondió el diablo—; un ratón está royendo sus raíces; si lo matasen, volvería a dar manzanas de oro, pero si sigue royendo, el árbol se secará del todo. Pero, déjame en paz con tus sueños;  como vuelvas a molestarme mientras duermo, te daré  una bofetada.
El ama lo tranquilizó con cariñosas palabras y siguió rascándole la cabeza hasta que se durmió y se puso a roncar. Entonces cogió entre sus dedos el tercer pelo de oro y se lo arrancó.
El diablo pegó un brinco, puso el grito en el cielo y estuvo a punto de darle una paliza al ama, pero ésta logró calmarlo de nuevo y le dijo:
—¿Qué se puede hacer con las pesadillas?
—¿Qué has soñado? —preguntó el diablo, curioso.
—He soñado con un barquero que se quejaba porque tenía que estar remando de una a otra orilla sin ser nun­ca relevado. ¿Cuál es la causa?
—¡Ja, ja, pobre infeliz!
—respondió el diablo—; cuando alguien se monte para que le pase a la otra ori­lla no tiene más que ponerle el remo en la mano; en­tonces tendrá que remar el otro, y él estará libre.
Y como el ama ya le había arrancado los tres pelos de oro y las preguntas ya tenían respuesta, dejó en paz al viejo dragón, que durmió hasta que despuntó el día.
Cuando el diablo se marchó de nuevo, la anciana sacó a la hormiga de entre los pliegues de su falda y devolvió la figura humana al niño de la suerte.
—Aquí tienes los tres pelos de oro —dijo—; y lo que el diablo ha dicho sobre las preguntas, ya lo habrás oído.
—Sí —respondió el joven—; lo he oído y lo retendré bien en mi memoria.
—Ya tienes lo que querías —dijo la anciana—, y pue­des seguir tu camino.
El joven dio las gracias a la anciana por haberle pres­tado la ayuda que necesitaba, salió del infierno y se fue alegre porque todo le hubiese salido bien. Cuando llegó donde estaba el barquero, éste le exigió la respuesta pro­metida.
—Pásame primero al otro lado —dijo el niño de la suerte—; entonces te diré cómo puedes salvarte.
Y al poner pie en la otra orilla, le dio el consejo del diablo:
—Al primero que venga a pedirte que lo pases, ponle el remo en la mano.
Siguió su camino y llegó a la ciudad donde estaba el árbol estéril; y el centinela quería también una respuesta a su pregunta. Entonces le dijo lo que había oído decir al diablo:
—Matad al ratón que roe sus raíces, y el árbol volverá a dar manzanas de oro.
El centinela le dio las gracias y, como recompensa, dos burros cargados con oro, que le fueron siguiendo.
Finalmente llegó a la ciudad cuya fuente estaba seca.
Allí le comunicó al centinela lo que el diablo había dicho:
—En la fuente, bajo una piedra, hay un sapo; buscad- ¡o y matadlo, que la fuente volverá a manar vino en abun­dancia.
El centinela le dio las gracias y, como el otro, dos burros cargados con oro.
Por fin regresó el niño de la suerte a su hogar, y a su mujer, que se alegró de todo corazón al verlo y al saber que todo le había salido bien. Al rey le llevó lo que le había pedido: los tres pelos de oro del diablo; y cuando vio los cuatro burros cargados de oro, se puso muy con­tento y dijo:
—Bien, ya están cumplidas todas las condiciones y puedes quedarte con mi hija. Pero querido yerno, dime, por favor: ¿de dónde has sacado todo ese oro? ¡Se trata de grandes riquezas!
—Crucé un río en una barca —respondió el joven—, y allí lo recogí del suelo; porque en su orilla lo hay en vez de arena.
—¿Puedo ir a recogerlo yo también? —preguntó el rey con avaricia.
—Todo cuanto queráis
—respondió el otro—; allí en­contraréis a un barquero; haced que os pase a la otra orilla, y allí podréis llenar vuestros sacos.
El ambicioso rey se puso en marcha precipitadamente, y al llegar al río hizo señas al barquero para que lo pasara al otro lado. El barquero se acercó y le invitó a montar en la barca; y cuando llegaron a la orilla opuesta le puso el remo en las manos y saltó a tierra. El rey, como cas­tigo a sus pecados, tuvo que remar desde ese momento.

—¿Sigue aún remando?
—¡Ya lo creo! Nadie ha ido a quitarle el remo de la mano.
J. L. y W. K. Grimm




dilluns, 24 d’octubre del 2016

Cara Cruzada

Em ve de gust afegir en aquest bloc un conte d’origen ben diferent. Un conte de les tribus americanes impregnat d’un aire salvatge que recorda les narracions de Jack London (La crida del bosc, Ullal blanc, ...). Tot i que l’estructura de la història és ben similar a la de qualsevol conte centreeuropeu, fa anys vaig llegir la versió de Núria Ventura que em va cridar l’atenció per com s’assembla als contes dels germans Grimm. Fins i tot vaig malpensar que la il·lustra bibliotecària no hagués afegit alguna cosa de “collita pròpia”...


La contalla parla d’ètica i noblesa, de l’interès de lluitar en contra de la frivolitat i els comportaments vacus.  Sembla que els humans, ja aleshores, defugien de la superficialitat i valoraven les conviccions profundes, espirituals i honrades. Trobo curiós l’esforç que avui dia es dedica a parlar de valors i comportaments rectes. Una època –l’actual- en que pocs ens sorprenem de la corrupció que hi ha en diferents àmbits i que es manifesta descaradament amb tota impunitat. Sóc dels que pensa que no calen grans discursos, ni grans tràfecs per mostrar valors, sinó que és més una qüestió de portar-los a la pràctica.


Cara Cruzada

Leyenda de los Pies Negros {tribu Piegan, Montana)
En los tiempos antiguos no había guerra y los hombres vivían en paz. En un poblado de los Piega vivía un hombre que tenía una hija bellísima, con la que muchos jóvenes deseaban casarse. Pero cada vez que la muchacha recibía una propuesta de matrimonio sacudía la cabeza y decía que no quería casarse.
—«¿Pero nunca?, le preguntaba su padre. Algunos de estos jóvenes son ricos, guapos y valientes.
— ¿Por qué me tengo que casar?, respondía la muchacha. Tú, padre mío, eres rico. No nos falta comida y tenemos hermosas y blandas pieles de bisonte. ¿Para qué, pues
debería casarme?
Un día, la Sociedad de los Cuervos Mensajeros celebro una danza en el poblado, y para esta ocasión todos se vistieron con cuidado, poniéndose sus trajes más hermosos. Los guerreros danzaron maravillosamente, los tambores llevaron lejos el eco de la fiesta, hombres y mujeres comieron hasta saciarse y todos fueron felices por un día. Al término de la danza los hombres más ricos, más poderosos y más bellos pidieron de nuevo la mano de la muchacha, que no se quería casar. Y ella dijo no a todos.
— ¿Por qué no esta vez?, le pregunto muy enfadado su padre. Todos los jefes más famosos te han pedido como esposa y tú los has rechazado a todos. Temo que tengas un enamorado secreto.
—Padre, respondió la muchacha, ten piedad de mí. Créeme, no tengo un prometido secreto. Lo que sucede es que una noche se me apareció el Gran espíritu, el Sol, y me dijo: «Muchacha, tú no debes desposarte con ninguno de estos hombres, porque tú me perteneces y de mí recibirás felicidad y una vida larguísima.» Y luego me advirtió todavía: «No te cases. Tú eres mía.»
—Ah, replico el padre. Hay que hacer siempre lo que él manda.
Y en el tipi de la muchacha no se habló más del asunto.
En aquella tribu de los piegan vivía también un joven muy pobre, solo en el mundo, porque sus padres y parientes habían muerto todos. El no tenía un tipi ni una mujer que le curtiera las pieles, le guisara la carne y le confeccionará los mocasines. Un día el pobre joven se quedaba en un tipi, al día siguiente pedía hospitalidad en otro, y así pasaba su mísera vida.
El joven era muy guapo, pero una horrible cicatriz le cruzaba una mejilla, haciéndoles odioso a todas las mujeres del poblado.
Algunos días después de la danza organizada por los Cuervos Mensajeros, dos o tres guerreros que habían sido rechazados por la muchacha que no se quería casar se encontraron con el joven señalado, y para divertirse a su cos­ta, le dijeron riendo:
           ¿Por qué no pruebas tú a pedir esta muchacha por esposa? Quizás la mano que nos ha negado a nosotros te la conceda a ti.
Pero Cara Cruzada no rió y respondió:
—Haré como decís, amigos; iré a ella y le pediré que se case conmigo.
A sus palabras los jóvenes guerreros estallaron en risas todavía más fuertes, pero Cara Cruzada les dejó reír y se dirigió hacia el río. Allí esperó que llegara la muchacha, la cual, al cabo de un rato, acudió a buscar agua.
El joven se le acercó y le dijo: —Muchacha, espera, quiero hablarte. Y no a escondidas, como quien tiene la lengua doble, sino abiertamente, donde el sol y todos pueden ver.
—Habla entonces, dijo la muchacha.
—He visto lo que ha sucedido. Tú has negado tu ma­no a los guerreros más ricos y poderosos de la tribu. Yo soy muy pobre, no tengo tipi, ni comida, ni vestido, ni cálidas pieles y, sin embargo, hoy, aquí a la orilla del río, te pido que seas mi mujer.
La muchacha se cubrió el rostro con la capa y al cabo de un rato dijo:
—Bien, he rechazado a todos estos ricos guerreros, pero ahora que un pobre pide mi mano, se la concedo gustosamente. Seré tu mujer y mi padre y mi clan nos darán lo necesario para poder vivir. Pero escucha: hace muchas lunas el Sol me habló y me dijo que no me casara con nadie, porque con él tendría felicidad y larga vida. Ahora te digo a ti que vayas al Sol y le digas que me permita casarme contigo. Y como prueba dile que te quite esta cicatriz de la cara. Si él se niega o tú no sabes encontrar su tipi entonces no vuelvas a mí.
Cara Cruzada, después de estás palabras, quedó muy triste. ¿Dónde debía estar el tipi del Sol?  ¿Cómo llegaría hasta él?
Se sentó a pensar, y al cabo de un rato se dirigió al tipi de una vieja mujer, que siempre había sido muy ama­ble con él. Después de contarle lo que le había dicho la bella muchacha, le pidió que le hiciera unos mocasines para emprender el viaje. La buena mujer le dio también un saco de comida para que tuviera con qué alimentarse.
Finalmente, Cara Cruzada, con el corazón triste, se alejó del pueblo y, rogando al Sol que tuviera piedad de él, emprendió su camino.
Durante muchos días camino por las grandes praderas, a lo largo de ríos de selváticas orillas, por montañas inaccesibles y cada día su saco de comida se hacía más ligero.
Una noche, Cara Cruzada se detuvo cerca de la guarida de un lobo. Al verlo, el lobo le pregunto: « ¿Qué hace mi hermano rojo tan lejos de la tribu?»
— ¡Ah!, respondió Cara Cruzada, busco el lugar donde vive el Sol. Necesito hablarle.
—Yo he viajado mucho, dijo el lobo. Conozco todas las praderas, todos los valles y las montañas, pero jamás he visto el tipi donde vive el Sol. Prueba de preguntar al oso. Quizá él lo sepa.
Al día siguiente Cara Cruzada continuó su viaje, deteniéndose de cuando en cuando a coger algunas bayas, y cuando fue de noche llegó a la guarida del oso.
— ¿Dónde está tu casa?, le preguntó el animal. ¿Por qué viaja solo mi hermano rojo?
—Ayúdame ¡Ten piedad de mí!, respondió Cara cruzada. A causa de las palabras de una muchacha, voy en busca del Sol. Debo pedirle la mano de mi amada.
—No sé dónde duerme, respondió el oso. Yo he viajado por muchos ríos y conozco las montañas y, sin embargo, no he visto jamás su tipi. Pero cerca de aquí, en el bosque, vive un búho. No hace más que viajar y conoce muchas cosas. Puede ser que te ayude.
Cara Cruzada fue al bosque y después de mucho buscar encontró al búho y le dijo:
—Ayúdame, búho. Mis alimentos se han acabado y mis mocasines están destrozados. Busco el tipi donde vive el Sol, pues la muchacha que amo está prometida a él y quiero pedírsela por esposa.
—Yo sé dónde vive, dijo el búho. Mañana te mostraré la pista que conduce a las Grandes Aguas. El Sol vive más allá de ellas.
Apenas se hizo de día, el búho mostro a Cara Cruzada el camino y él lo siguió hasta la orilla de las Grandes Aguas.
Cara Cruzada las miraba y el corazón casi se le paró en el pecho. La otra ribera estaba tan lejana que ni siquiera se podía distinguir y las Grandes Aguas se extendían sin fin. Su alimento se había acabado, sus mocasines estaban rotos. Su corazón estaba triste.
Y pensó que jamás conseguiría atravesar aquella gran agua ni volver a su pueblo. Y que quizás moriría allí mismo.
Pero no fue así. Dos cisnes inmensos se le acercaron y, preguntándole qué le sucedía, se ofrecieron para llevarle al otro lado de las Grandes Aguas, cerca del tipi del Sol.
Cara Cruzada no se lo hizo repetir dos veces. Montó sobre los cisnes y, volando sobre las negras y profundas aguas en las que se veían terribles monstruos, llegaron al poco rato a la otra orilla. De allí partía un amplio y escarpado sendero que se adentraba en el bosque.
Pronto llegó a un lugar en el que vio bellísimas cosas. Tirado en el suelo había un traje de guerrero, un escudo, un arco y flechas. Cara Cruzada no había visto nunca armas tan hermosas, pero se abstuvo de tocarlas. Pasó por un lado cuidadosamente y siguió su camino. A los pocos pasos encontró a un joven, el más bello que jamás había visto. Sus cabellos eran muy largos y llevaba espléndidos vestidos hechos de extrañas pieles. Sus mocasines eran de brillantes tiras de colores.
El joven preguntó a Cara Cruzada:
           ¿Has encontrado armas en medio del camino?
—Sí, respondió Cara Cruzada, sí, las he visto, pero no las he tocado, porque he pensado que alguien las había dejado allí.
—Tú no eres un ladrón, dijo el joven. ¿Cómo te lla­mas?
—Cara Cruzada.
— ¡Y a dónde vas?, preguntó de nuevo el joven.
—Voy en busca del Sol, respondió.
—Mi nombre, dijo entonces el joven, es Estrella de la Mañana. El Sol es mi padre. Ven, te llevaré a nuestro tipi. Ahora mi padre no está en casa, pero volverá esta noche.
Pronto llegaron al tipi, que era largo y bello: sobre las paredes había pintados extraños animales mágicos, mientras que alrededor se hallaban esparcidos maravillosos ves­tidos y armas extrañas que pertenecían al Sol.
Cara Cruzada tenía miedo de entrar, pero Estrella de la Mañana le dijo que no se asustara, que sería bien recibido.
Una vez dentro del tipi vio a una mujer sentada. Era Kokomikeis, la Luna, la mujer del Sol y madre de Estrella de la mañana. Ésta le habló amablemente, le dio de comer y le preguntó po qué había hecho un viaje tan largo. Cara Cruzada le contó su historia.
Cuando fue la hora que el Sol acostumbraba a regresar a casa, la Luna escondió a Cara Cruzada bajo un montón de pieles. Pero apenas el Sol traspasó el umbral del tipi, dijo:
—Siento olor de hombre.
—Sí, padre, dijo Estrella de la Mañana. Un joven ha venido a buscarte. Yo sé que es bueno porque ha encontrado algunas cosas mías en el sendero y no las ha tocado.
Entonces Cara Cruzada salió de entre el montón de pieles y se sentó junto al Sol, el cual le dio la bienvenida y le pidió que fuera amigo de su hijo.
Al día siguiente la Luna llamó a Cara Cruzada y, a escondidas de su hijo, le dijo:
—Vete con Estrella de la Mañana a donde quieras, pero no cacéis nunca cerca de las Grandes Aguas. Allí habitan unos enormes pájaros que con su pico poderoso y agudo matan a quienes se acercan a ellos. Yo he tenido muchos hijos, pero ellos, los terribles pájaros, me los han matado a todos. Estrella de la Mañana es el único que me ha quedado.
Cara Cruzada se quedó mucho tiempo en el tipi del Sol y cada día iba a cazar con Estrella de la Mañana. Pero un día llegaron cerca de las Grandes Aguas y a pesar de las súplicas de Cara Cruzada, Estrella de la Mañana se empeñó en querer cazar a los pájaros.
Cara Cruzada se dio cuenta del peligro que corrían, pero no tuvo más remedio que quedarse con su amigo y se dispuso a luchar contra los pájaros, aunque ello le costara la vida. Poco a poco los horribles pájaros cayeron atravesados por sus flechas y fueron rematados con su lanza. No quedó ninguno. Su sangre negra corrió sobre las rocas y fue a teñir las aguas.
Los jóvenes cortaron sus cabezas, se las colgaron de la cintura y regresaron al tipi. Allí contaron a la Luna lo sucedido y ésta lloraba de alegría al saber que su hijo estaba a salvo. Más tarde, cuando regresó el Sol, le contaron también lo ocurrido y el Sol, abrazando a Cara Cruzada le dijo:
—Hijo mío, no olvidaré jamás lo que has hecho por Estrella de la Mañana. Ahora dime, ¿qué puedo hacer yo por ti?
Cara Cruzada le explicó al Sol que se había enamorado de la bella muchacha y cómo ésta le había dicho que  no podía casarse con nadie hasta que el Sol diera su permiso y le quitara la señal de la cara.
—Lo que dices es cierto, respondió el Sol. He visto todo lo que ha sucedido y he decidido darte la muchacha. Estoy muy satisfecho de que ella haya sido tan sabía y que no haya jamás errado. El Sol protege a las mujeres sabias Vivirán muchos años y sus maridos y sus hijos también. Ahora tú debes regresar a tu pueblo. Pero antes debo decirte algo: Yo soy el único jefe y todo es mío he hecho la Tierra, las montañas, las praderas, los ríos y las selvas. Yo he hecho las tribus y todos los animales. Yo no moriré jamás: los inviernos me envejecen y me vuelven débil, pero cada verano vuelvo de nuevo joven y fuerte y siempre será así.
Luego el Sol hizo varias preguntas al muchacho y,  viendo que éste respondía siempre con acierto se dio por  satisfecho. Finalmente, el Sol aplicó sobre la cara muchacho una poderosa medicina y la señal que tanto lo afeaba desapareció. Le dio luego siete plumas de cuervo para que las ofreciera a la muchacha que había de ser su esposa.
Cara Cruzada se dispuso a partir para regresar a casa: el Sol y Estrella de la Mañana le dieron muchos regalos y la Luna lloró al despedirlo, llamándole «hijo mío». Luego el Sol le mostró la ruta más breve para volver a la tierra, el Camino del Lobo (la Vía Láctea). El joven lo siguió y pronto llegó a la tierra.
Cuando llegó al poblado, envuelto como iba en una gran capa y con los hermosos vestidos y armas que el Sol le había dado, la gente no le reconoció. Pero el jefe del poblado lo llamó pensando que era un extranjero y al entrar en su tipi y arrojar su capa, vieron que era Cara Cruzada.
Y algunos salieron gritando:
—Ha vuelto Cara Cruzada, pero ya no es pobre, ni siquiera señalado.
Y toda la tribu salió a verle y le preguntaban dónde había estado y cómo había adquirido tan hermosas cosas. Pero él no respondía; entre la multitud estaba la muchacha. Entonces, tomando las siete plumas de cuervo que el Sol le había dado, se las ofreció a ella, diciendo:
—El camino era largo y yo he estado a punto de mo­rir, pero al fin he encontrado su tipi. El está contento y te manda estás plumas. Ellas son la señal.
Grande fue la felicidad de la muchacha. Se casaron y el Sol estuvo contento y les dio una larga vida: jamás la enfermedad entró en ellos.
Cuando fueron muy viejos, una Mañana sus hijos dijeron:

— ¡Levantaos! Vamos a comer. El día es claro.

Pero ellos no se movieron. En la noche, durante el sueño, sin dolor, sus sombras habían partido para las Colinas de Arena.
Piero Pieroni: Historias y leyendas de los Pieles Rojas
Adaptació de Nuria Ventura